¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?
Daniel 4:30
Nunca deja de sorprendernos algunas historias de la biblia, aunque la leamos una y otra vez.
Hay historias que son fáciles de olvidar, pero hay otras que nos marcan, y hace que sobre pensemos de más en ellas, pues quedamos impactados cuando la estudiamos.
La locura de Nabucodonosor en el capítulo 4 del libro de Daniel, y su desenlace bestial hace que pensemos muchísimas cosas en tan solo un momento.
Por ejemplo: el orgullo de los hombres, o bien la arrogancia de los hombres llamados "grandes", el cuidado a la hora de hablar envanecidamente, la presunción y arrogancia de los hombres en el poder politico, y el contraste de Jesucristo con todos aquellos.
Dice la narrativa bíblica del profeta Daniel, que Nabucodonosor ya había sido advertido por medio de señales asombrosas (el sueño de la gran imagen revelado, y los muchachos rescatados del horno), que Dios era, Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios, (Daniel 2:47), pero que aún así y pasado el tiempo, aquel monarca babilonio olvidó muy rápido darle Gloria a Dios, y el cielo no tardaría en darle una lección de quebrantamiento y humillación para recordárselo.
El poder político y conquistador de Nabucodonosor era evidente, y en medio de aquella atmósfera imperial Dios hizo llegar a unos jóvenes hebreos, de buen testimonio, para asomar a aquel rey su gran poder.
Aún así, un día el rey paseando en su palacio real, observó la grandeza de su imperio, y no tardó en pensar, como piensan los necios subordinados y nacidos de hombres, que aquello había sido obra de sus propias manos y resultado de su indudable poder.
Aquella prepotencia del rey, (similar a la de su descendiente y principe Belsasar a quien unos dedos de una mano de hombre le escribirían en la pared del palacio para hacerlo temblar de miedo), tendría su fin, para mostrar siempre a todos los hombres, grandes y pequeños, y en cualquier rincón de la tierra, que la Gloria solo le pertenece a Dios.
No había terminado de hablar Nabucodonosor, cuando una voz del cielo (4:31), le sentenció a quedar como un animal en los propios jardínes de su gran palacio. Comía hierba, sus uñas le crecieron como las de un ave, se mojaba con el sereno por las noches, y su cabellera le creció como la de un animal. ( Daniel 4:33).
Servidores del palacio, su familia, y el pueblo fueron testigos de tal "locura esquizofrénica" en la persona del rey.
El mismo Nabucodonosor escribe: Más al fin de tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta, y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive por siempre cuyo domino es eterno.
¿Pero que podemos aprender de esta historia ocurrida hace unos 2.700 años atrás?
Aunque es un texto antiguo, y la época pertenece a un tiempo de cautiverio hebreo, el texto de Daniel y la locura de Nabucodonosor nos trasmite un principio inviolable y digno de observar con cuidado.
- Aunque nosotros no somos reyes, en pequeñas cosas podemos olvidar darle la Gloria a Dios y llenarnos de orgullo.
- Aunque no vivimos en un palacio, las bendiciones que Dios nos ha dado como la casa, el trabajo, o una profesión bonita, pueden terminar siendo objeto de culto de parte de nosotros, olvidándonos del don de Dios.
- Aunque no nos paseamos en en los pasillos del palacio real, podemos hacer un paseo en nuestro pensamiento diciéndonos a nosotros mismos que hemos llegado hasta aquí, gracias a nuestro esfuerzo personal.
- Y aunque no somos grandes conquistadores como Nabucodonosor, podemos ser tan arrogantes en nuestros propios razonamientos, y tan olvidadizos a la vez creyendo que las decisiones personales, asuntos de negocios, manejo de familia lo podemos hacer sin tomar en cuenta a Dios.
Recordemos una vez más las palabras de Moisés a los hijos de Israel, en Deuteronomio 8:11 cuando les dijo: "Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos..."
Hermanos míos, no olvidemos que de Dios es toda la Gloria, y solo El merece honor. No seamos imitadores de aquel rey soberbio que no miró al cielo, para que aquel pago vergonzoso no lo recibamos también nosotros.
Pastor Randall Gamboa Guillén.
San José, CR.
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